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    3. Reflexión Nº 3

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    Muhammad Ali vs Zora Folley, 1967

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    Aquí estamos nuevamente con nuestra entrevista sin preguntas.

    Esta vez es el turno de José Mollá, el creativo argentino que un dia salió de su Buenos Aires natal para conquistar Estados Unidos. Luego de su exitoso paso por Wieden & Kennedy Portland, se mudó a Miami y creó La Comunidad, una agencia hispana que compite mano a mano con las agencias del general market. En un relato profundo, desafía a sus propios fantasmas y nos cuenta porqué eligió esta profesión y, especialmente, ser redactor.

    Writer. Es cierto que llevar una agencia implica tener muchos roles y títulos distintos. Sin embargo, quienes realmente aman esta profesión, nunca se apartan mucho del primero. Nada me pone más contento que los momentos en los que todavía puedo seguir siendo “Redactor”. Así, con mayúscula. A la pregunta “cómo fue tu comienzo como Redactor?”, le sigue una historia personal.

    Humo. A los 16 o 17 años, tenía una moto off-road y mucho más tiempo del que tengo ahora en mis manos. Nos pasábamos todas las tardes haciendo básicamente nada, fumando lo que no debíamos y yendo con mis otros amigos en moto de un lugar al otro. Un día, aburridos, escuchamos las sirenas a la distancia de un camión de bomberos, y al pasar a toda velocidad no pudimos resistir el llamado. Saltamos a nuestras motos y lo seguimos, seguros de que al final del recorrido nos esperaba algún drama que nos podía hacer más memorable la tarde. Tuvimos razón. Al llegar había una casa en llamas y una familia de cinco, viendo cómo tantos recuerdos se volvían humo y cenizas. 

    Atracción. Ese morbo que hace que uno desacelere y mire al pasar por un accidente, nos hizo decidir que nuestro nuevo punto de encuentro iba a ser enfrente del cuartel de bomberos. Y así, todos los días tipo 3 nos juntábamos a esperar la próxima llamada de emergencia que nos llevaría a la siguiente tragedia. Era nuestro propio reality show, mucho antes de que los dieran en la tele. 

    Tranquilizante. Un dia hubo un episodio en particular que me conmocionó. Seguimos al camión de bomberos como siempre. Pero al llegar, en vez de fuego, nos encontramos con una mujer histérica. Lloraba desconsolada mientras sostenía un papelito, y con la boca deformada gritaba “por qué, por qué Rubén….por qué!!”. La ambulancia no tardó en llegar y no hubo más remedio que inyectarle un fuerte sedante, justo enfrente mío. Finalmente ella se entregó a la paz del efecto y se la llevaron, pero estaba tan shockeada que dejó caer la nota en la calle. 

    Siete. Cuando leí la nota después, me quedé paralizado. Esas 7 palabras escritas con apuro y mala letra me marcaron para siempre: “Te espero del otro lado, mi vida”. Enseguida entendí que era una nota de suicidio. Y pensé, qué triste, esas eran las últimas palabras, los últimos sentimientos expresados por alguien después de vivir por años en este mundo. Y esas eran las mismas palabras que esa pobre mujer se iba a repetir por el resto de su vida. 

    Oscuridad. En esa época estaba atravesando por una curiosidad adolescente oscura, alentada principalmente por Nietzsche y Bukowsky. Estas y otras lúgubres influencias literarias me llevaron a decidir ofrecer mis servicios como Redactor. Pero no cualquier Redactor. Mi misión de ahí en más iba a ser asegurarme de que al menos las últimas palabras que alguien iba a dejar en este mundo, fueran heroicas y ayuden a los seres queridos a entender el por qué. Así decidí publicar un aviso clasificado gratis en el periódico local. El nombre de la empresa era “últimas palabras”, ayudando a describir de qué se trataban mis servicios. 

    Negocio. Dos días después encontré un mensaje de un posible cliente en mi contestador telefónico blanco (lo más cercano a un celular de la época). Me quedé paralizado de nuevo. Respiré hondo y con el coraje que saqué no sé de dónde, levanté el teléfono y marqué esos siete números, sin estar muy seguro de lo que estaba haciendo. Como era muy idealista en aquel entonces, me convencí de que tenía que conocer a la persona para poder escribir algo único para él. Y así quedamos en encontrarnos en un café al día siguiente. 

    Fui. Daniel tenía treinta y seis años, era calvo, delgado, y era ignorado por todas las cosas buenas que la vida tiene para ofrecer. Siempre vivió con su madre, quien había muerto hacía ya un año. Pero el telegrama que recibió de su empresa informándole que se había quedado sin trabajo, fue su sentencia de muerte. Perdió todo deseo de vivir. Su rutina diaria era la última valla que lo separaba del precipicio. Al hablar con él, uno enseguida se daba cuenta de que nunca había sido la persona favorita de nadie. Pero él estaba decidido a irse con elegancia y sin rencor. Y por eso me pidió que escribiera algo memorable para tener en su mano cuando lo encontraran. 

    Impotencia. Escribí un poema muy lindo especialmente para él y se lo entregué escrito a máquina, para que él después lo escribiera a mano con su letra. Pero a esa altura ya era evidente que conocerlo y relacionarme emocionalmente con él, había sido un gran error. Cada argumento que intenté para convencerlo de que no lo hiciera, fue inútil. Y me llené de esa frustración que causa lo que uno no quiere y es inevitable. 

    Redial. La tarde siguiente, mi miedo tuvo razón. Después de llamarlo más de diez veces sin respuesta, supe que había perdido la batalla. A los tres días salió el nuevo ejemplar del diario local, y al abrir la sección de avisos fúnebres, ahí estaba su nombre. Era el nombre de mi primer cliente satisfecho. Pero mis rodillas no lo entendieron así y me dejaron de sostener. Me derrumbé y me puse a llorar sin ninguna posible contención. 

    Entendí. Nunca más volví a escribir una nota de suicidio para nadie. Pero de alguna manera, creo que ese fue mi comienzo como Redactor. Tal vez sea por eso que cada vez que me siento a escribir, trato de hacer anuncios lindos y emotivos. Probablemente, para convencer a la gente de que la vida es linda y de que vale la pena vivirla. De lo que sí estoy seguro, es que cada vez que escribo algo, lo hago siempre con Daniel en mis pensamientos. Es mi manera de mantenerlo vivo.
     
    José Mollá,
    Redactor.